La hermosa doncella de las cenizas

La hermosa doncella de las cenizas.
Sinopsis.
Desde la muerte de su padre, Alma, trabajó como criada de su propia casa bajo las ordenes de su madrastra y hermanastras. Hasta que un día, se encuentra con un espíritu en el bosque.

Parte 1

En un pequeño reino, vivía una joven de hermoso cabello dorado y ojos tan azules, como cuando el cielo se refleja en el mar, su nombre era, Alma. Cuando Alma era muy pequeña, su madre, murió de tuberculosis. Pero poco tiempo después, su padre, que era Lord, acudió a una fiesta de palacio donde se enamoró de unas de las sirvientas. Ella tenía el pelo rojo, y la piel muy blanca, sus enormes ojos verdes le recordaban al más hermoso diamante. El lord se acercó a ella y la invitó a bailar, pero la sirvienta se lo negó.
─Lo siento mi señor, no tenemos permitido acercarnos a los invitados.
─Soy el mejor amigo del rey, no te pasará nada ─le mintió.
La doncella creyó en su palabra y le agarró la mano.
─Mi nombre es Odys ─ le dijo la doncella mostrándole una dulce sonrisa, una sonrisa tan gentil, como misteriosa.
─Mucho gusto, preciosa. Mi nombre es Glorius.

Pasó el tiempo, y ambos se casaron. La que antes era una sirvienta de un castillo, se había convertido en la esposa de un lord. Odys tenía dos hijas que eran mellizas; Lucrecia y Griselda. Ambas hijas venían del anterior matrimonio de Odys, aunque ellas nunca conocieron a su padre, ya que murió, siendo ellas muy pequeñas.

Desde que la madre de Alma y esposa de Glorius murió, la pequeña había tenido unos meses muy grises, pero su vida tornó a un mundo lleno de color cuando conoció a su nueva madre y hermanas. La pequeña era muy feliz. Su única compañía era los ratones de la casa. Todo iba de maravilla, eran una familia común y corriente, Odys, le mostró el mismo amor a la pequeña Alma, como si fuese una de sus hijas. Pero una noche, mientras cenaban, el padre de Alma comenzó a toser sangre sin parar, pareciese que se estuviese ahogando, la garganta de ardía fuertemente. El sufrimiento no duró mucho tiempo, puesto que murió, posando su cabeza encima de su plato. Odys y las niñas gritaron desesperadamente.
─ ¡Glorius! Exclamó Odys.
─Papá … ─Dijo Alma con un sollozo…No pasó mucho tiempo hasta que fue el entierro de Glorius, la pequeña Alma no podía parar de llorar en la tumba de su padre, se había quedado huérfana y desprotegida.

Después del entierro del Lord, Odys y las niñas se fueron a su casa. Alma subió a su habitación para seguir sufriendo la pérdida de su padre. Mientras lloraba, Odys entró en su cuarto, y entonces le dijo:─Querida hija mía, me apena mucho ver… como mojas estas sabanas, con tus horribles lágrimas. ─Agarrándola del brazo le dijo: ─Esta ya no es tu habitación.
La pequeña niña no entendía porque su nueva madre le hablaba así. Odys llevó a Alma, arrastrándola hasta el húmedo sótano.
─Permanecerás aquí encerrada hasta que sepa que hacer contigo.

Pasaron los años y la pequeña Alma se había convertido en una hermosa joven. Cuando Oskar murió, Odys heredó todas sus posesiones, no tenía ninguna responsabilidad con Alma. Entonces, le permitió vivir en su casa, pero no como una más de la familia, sino como la sirvienta de la casa.

Parte 2

Era muy temprano por la mañana cuando Odys despertó, cogió una campanita que tenía en su mesita de noche y comenzó a zarandearla.
─Alma, ven, Alma.
La joven entró muy deprisa en la habitación de su madrastra.
─Dígame, señora.
─A ver, estúpida ¿Acaso tu podrido y difunto padre no te ha enseñado a llamar a la puerta antes de entrar?
Alma agachó la mirada.
─Discúlpeme…señora.
─No importa. Te he llamado para que me recojas las zapatillas, creo que están debajo de mi cama. Lo haría yo, pero entonces no sé para qué te querría aquí. Vamos
¡Agáchate!
Alma se arrodilló, comenzó arrastrase debajo de la cama de Odys buscando sus zapatillas, pero solo encontró una.
─No veo la otra zapatilla, solo está esta.
─Busca bien, estúpida.
─De verdad, no está.
─A mí no me contestes, si digo que está, está, no me importa lo que tus ojos vean ¡Busca!
Alma siguió buscando debajo de la cama de su madrastra, pero seguía sin ver la zapatilla.
─ ¡Oh, vaya! ─Exclamó Odys ─Ya la encontré.
─Bien señora, con su permiso voy a continuar con mis labores. El desayuno pronto estará servido.
─Antes de bajar, despierta a mis preciosas hijas, hoy nos vamos de compras, y ya sabes cómo tardan en vestirse.
─A sus órdenes mi señora.
Alma salió de la habitación de Odys y seguidamente se dirigió hacia los aposentos de Griselda.
─Señorita Griselda ─dijo Alma, llamando a la puerta.
Esperó unos segundos, la joven no escuchó ningún ruido, entonces volvió a llamar a la puerta.
─Señorita Griselda, por favor, despierte, tiene que prepararse.
Griselda despertó furiosa, se acercó hasta la puerta, la abrió y entonces dijo muy enfadada:
─ ¡¿Quién te crees que eres?¡ ─Exclamó furiosa y empujando a Alma contra la pared del pasillo.
─Lo siento señorita, pero su madre…
─ ¡Cállate y lárgate de aquí! ─Exclamó Griselda.
Alma se levantó del suelo, y con la cabeza agachada, continuó su camino hacia la habitación de Lucrecia.
Toc, toc. Tocó Alma en la puerta
─Señorita Lucrecia, su madre la espera.
─Dile a mi madre que ya bajo, que no sea tan pesada ─dijo Lucrecia desde el otro lado de la puerta.
─Bien, señorita Lucrecia.
Una vez Alma avisó a las mellizas de que se levantaran, se dirigió hasta la cocina para preparar el desayuno. Tenía que estar listo cuando las tres señoras de la casa estuviesen listas.
Poco tiempo después Odys bajó hasta el salón comedor y se sentó en su sitio de la mesa, en una posición donde pudiera ver todo a su alrededor, sobre todo a sus hijas.
Alma terminó de preparar el desayuno y se dirigió al salón comedor para servirlo en la mesa.
Odys, que allí estaba sentada, le lanzó una fría mirada y le dijo:
─Llegas tarde, ya sabes que me gusta que esté todo listo cuando me siento en la mesa.
─Lo siento ma…señora.
─ ¿Me ibas a llamar madre? ¿Tú a mí? ¡¿Una simple criada?! ─Exclamó Odys con furia.
─No, señora, no era madre la palabra que iba a utilizar, lo siento. ─ <<maldita>> pensó.
Las dos hijas de Odys aparecieron repentinamente discutiendo entre ellas. Griselda llevaba un vestido de color rosa en su mano que Lucrecia no quería que usara.
─Mamá, Griselda no quiere devolverme mi vestido. Dice que es suyo.
─Dile que es mío mamá ¿A qué me lo regalaste a mí?
─Vamos, hijas. No peleéis.
─Pues dile que me devuelva el vestido.
─No lo haré, es mío.
Odys se levantó de su silla, y con uno de los cuchillos de la cubertería que hay encima de la mesa, resquebrajó el vestido. Ambas hermanas quedaron sorprendidas al ver como su madre destrozaba esa hermosa tela.
─Bien, se acabó la discusión. Sois señoritas, no verduleras en las ofertas de un simple sastre ─dijo Odys.
Las hijas al ver la severidad de su madre, callaron y no volvieron a discutir en todo el desayuno. Pasado un rato, tanto Odys como las niñas, se marcharon a dar un paseo rutinario. Pero no antes sin darle tareas muy pesadas a su criada, Alma. La lista de trabajo era bastante larga, todos los días le dejaba una larga lista para que hiciera, antes del regreso de las tres. Alma era muy eficaz y lo hacía todo rápido y bien, pero Odys siempre encontraba un fallo a todo.
Esa mañana en el pueblo, vieron colgado un cartel. El rey, estaba organizando un baile, para encontrar una esposa a su hijo, el príncipe. En un principio se le presentó varias princesas de reinos cercanos, y muy lejanos. Pero el príncipe no quiso con ninguna de ella, el quería alguien especial. Si iba a compartir su vida con una mujer, que por lo menos sea alguien que a el le gustase, alguna joven de la que se pudiera enamorar. Por eso, se organizó el baile, ya sea una joven humilde o de la realeza, era bienvenida si con eso, su hijo encuentra con quien compartir su reino. Todas las jóvenes y no tan jóvenes del pueblo estaban eufóricas, tenían la oportunidad de dar un braguetazo, de no volver a trabajar.
Mientras Alma estaba haciendo sus tareas escuchó como alguien llamaba a la puerta de su casa, se dirigió hacia ella y abrió, tras la puerta había un cartero con cuatro sobres, y uno de ellos, iba dirigido a ella. La joven abrió el sobre y lo leyó

Señorita Alma, queda invita al gran baile que tendrá lugar la noche de este mismo sábado. Valga esta invitación para que los guardias la dejen entrar.

Alma se sorprendió al ver que era una invitación a palacio. Su difunto padre, como otros señores del pueblo, tenía una relación cercana al rey, pensó que sería una magnífica oportunidad para así denunciar los abusos de su madrastra ante el rey. Llegó el medio día y tanto Odys como sus hijas llegaron a su casa. Las tres estaban eufóricas por el baile organizado del rey, tanto que, se fueron a los mejores sastres para encargar unos hermosos y elegantes vestidos y lucirlos en esa la noche del baile.

Alma se acercó a Odys y sus hijas y les hizo entrega de los sobres. Griselda y Lucrecia cogieron sus sobres con entusiasmo, Odys en cambio, al coger su sobre, cavó sus ojos en Alma.
─Vamos, querida, no disimules ─dijo Odys con cierto tono burlón.
Las hermanastras de Alma, callaron y comenzaron a observar a la joven criada.
─Todas las doncellas de este reino están invitadas al gran baile…sin distinción ─dijo Odys.
─Si, señora, también recibí mi sobre ─dijo Alma.
─No, madre, ella no puede ir al baile.
─Lucrecia tiene razón madre, solo las doncellas fueron invitadas, no la escoria como ella.
─Niñas, no la insultéis. Si el rey dice que está invitada, tiene el deber de ir.
Alma mostró una sonrisa de alegría al escuchar las palabras de su madrastra, no esperaba que esa mujer, que tanto daño le hace, le permitiese ir al baile. Se acercó a Odys, y entonces, con una sonrisa de alegría le cogió sus manos agradeciéndole.
─Espero que tengas un buen vestido, si no, no podrás ir, no quiero que me avergüences ─dijo Odys.
─No se preocupe señora, tengo un vestido precioso, listo para ese día. No la avergonzaré.
Alma se fue, continuando con sus labores domésticas.
─Mamá, no podemos permitir que esa arpía vaya al baile ─dijo Griselda.
─Tiene razón, mamá, si Alma va al baile ¿En que posición nos dejará?
─No os preocupéis queridas, no irá al baile ¿De verdad creéis que tendrá un hermoso vestido?
─Eso es cierto ¿De donde iba a sacarlo? ─dijo Griselda.
─Del basurero, como salió ella ─dijo Lucrecia.

Pasaron los días, era un viernes por la tarde cuando Alma, rebuscando entre las cosas de su difunta madre, dio con el hermoso vestido con el que su madre se casó con su padre. Era un vestido de color ceniza, hecho con una tela brillante, con una hermosa diadema, el vestido era acompañado por unos hermosos zapatos de cristal, cuyos zapatos Alma pensó en no usarlos, por miedo que se rompan. Alma, muy feliz se probó el vestido y salió del húmedo sótano, subió las escaleras y se dirigió a donde a las señoras de la casa, mostrando su deslumbrante vestido.
─ ¿Qué os parece? ¿Verdad que no os voy avergonzar?
Odys y sus hijas la miraron fijamente, con una expresión de desprecio y sorpresa al mismo tiempo.
─Bueno, es un vestido bastante sencillo, pero es normal que alguien como tú se vea bella, con cualquier trapo bonito.
─Mamá, es horrible, si parece que esté vestida en cenizas ─dijo Griselda.
─Si, jaja, parece que se puso telas quemadas ─dijo Lucrecia.
─Vamos niñas, no digáis eso ¿Qué culpa tiene el vestido? Quien lo luce horrible es ella.
─Es el vestido con el que se casó mi madre, quisiera lucirlo un día tan importante como es el de mañana.

Odys se acercó a la joven criada, acarició el vestido, y entonces mostrando una malévola sonrisa, jaló de la tela del cuello tan fuerte que lo destrozó. Sus hijas se acercaron a Alma, y comenzaron a jalar del vestido, hasta que lo hicieron añicos. Alma, en ese momento, comenzó a llorar de desesperación, hasta ahora le habían humillado mucho, pisoteándola de tal manera que casi hasta pierde su voluntad, pero jamás pensó que serían capaces de algo así.
La joven criada, con el alma destrozada, se agachó a recoger los trozos del vestido.
─Eso, recoge esta basura ─dijo Lucrecia.
─ ¿De verdad pensaste que iba a dejarte ir al baile? ─preguntó Odys con un tono malévolo.
─Alguien como tú no puede asistir a un evento tan importante ─dijo Griselda, pisoteando los trozos del vestido.
─Vamos hijas, dejémosla con su dolor, dejémosla que sufra en soledad, recogiendo los restos del vestido de su difunta madre.
Cuando Alma recogió los restos del vestido, bajó con ellos al sótano, su habitación, y los colocó en un jarrón que allí había. No podía parar de llorar, necesitaba gritar, necesitaba correr. Y eso hizo, corrió de la casa, llorando hasta que llegó al bosque. Posó sus manos en un tronco de un árbol caído y comenzó a llorar.
─Mi pobre niña, mi muchachita ─dijo una extraña voz.
Alma empezó a buscar de donde provenía esa voz, pero no vio a nadie. Pensó que sería su imaginación. Volvió agachar la cabeza y continuó con su llanto. En ese momento, entre sus brazos, se materializó la figura de una mujer sentada en el tronco del árbol.
─Pobrecita, pobre hija mía. Que tristeza me da no haber estado ahí para protegerte ─le dijo la mujer acariciándole la cabeza transmitiendo su consuelo.
Alma levantó la cabeza y vio a la extraña mujer que le hablaba. No podía creer lo que sus ojos estaban viendo, su cara se llenó de alegría y felicidad al ver, que la mujer que la intentaba consolar, era su madre.

Parte 3

Alma miró a su madre llena de felicidad, y la abrazó.
─Madre, pero si estás muerta, te enterramos en un hermoso féretro blanco…Aún recuerdo ese día.
─No, querida hija. Solo moriré cuando tu me olvides.
Alma se postuló frente a su madre y le dio un beso en la mejilla.
─Nunca te olvidaría.
─Hija, vine aquí porque escuché tu alma gritar, sentí como tu vida se estaba apagando, sin darte cuenta. No podía consentir eso, y es por ello que me muestro ante ti, para ayudarte a encontrar la felicidad.
─Madre, cuando dejaste tu cuerpo, padre buscó tu amor en brazos de otra mujer, pero esa señora es malvada con el alma podrida. Es una mujer que no conoce el amor, lo único que hace humillarme tanto ella, como sus hijas.
─Si, lo sé. El guardián del portal del mundo en el ahora vivo, me dejó venir hasta aquí para ayudarte.
─ ¿Ayudarme? Con solo poder verte ya es suficiente para mí, madre.
─No, querida hija, no será suficiente, a las doce de esta misma noche volveré a marcharme y no podré consolarte. Es por eso que vine, para darte un esto.
─ ¿Un puñal? ─Preguntó alma con extrañeza.
─ Si, hija. Solo asesinándolas, conseguirás ser feliz.
─Pero…yo no puedo hacer eso ─dijo Alma.
─Hija, destrozaron el vestido con el que me casé. La herencia que te dejé para recordarme. Pisotearon mi memoria delante de sus ojos.
─Eso no me da derecho a acabar con la vida de otra persona.
─ ¿Pero ellas si tienen derecho de acabar con la tuya?
─Alma meritó por un momento si hacerlo o no. Su madre tiene razón, ella nunca les hizo ningún mal. Pero aún así, destrozan su felicidad, destrozan su vida. Alzó su mano y agarró el puñal que el espíritu de su madre le ofreció.
─Bien hija. Ahora si podré descansar tranquila ─se acercó a la frente de su hija y le dio un beso.
─Espero volver a verte algún día, madre.
─Lo harás hija. Tu padre y yo te estaremos esperando con los brazos abiertos. ─El espíritu de su madre se desvaneció.
Odys y sus hijas estaban preparándose para el gran baile de palacio. Las tres estaban entusiasmadas, nerviosas, imaginándose bailar con el príncipe y que este pidiera su mano.
En ese momento apareció Alma, caminando por el pasillo.
─ ¿A dónde vas? ─preguntó Odys.
─Voy acostarme, señora.
─De ninguna manera, tienes que ayudar a mis encantadoras hijas a vestirse, yo parto ya hacía el castillo.
Alma mostró una gentil sonrisa, entonces entró en la habitación donde las tres señoras de la casa se encontraban.
─Cómo ordene, mi señora, deseo que del baile.
Odys dejó a las chicas solas en la casa, confiada de que Alma, su fiel sirvienta, ayudase a sus hijas.
Alma cerró con llave la habitación.

─ ¿Por qué cierras la puerta? ─Preguntó Griselda. ─No importa, no te quedes ahí como si fueses un fantasma. Corre, ven y ayúdame a colocarme el corsé.

Alma se acercó hasta donde su hermanastra, con el puñal escondido. Una vez se puso a su espalda, alzó el cuchillo. Griselda la vio a través del espejo y alarmó a su otra hermana con un grito. Alma empezó apuñalar el cuello de Griselda, asestándole varias puñaladas. El rostro de la joven se manchó con la sangre de su hermanastra. Lucrecia, intentó ayudar a su hermana, pero era demasiado tarde para Griselda. Entonces, asustada, intentó escapar de la habitación, pero estaba cerrada. Lucrecia se encontraba siendo acorralada, por una horrible bestia.

Alma, se acercó a Lucrecia, zarandeando el cuchillo manchado con la sangre de Griselda.

Alzó su mano con el puñal, y se lo clavó en su pecho, asestándole varias puñaladas.

Griselda se estaba arrastrando por el suelo, gritando que alguien la ayudase. Pero en la casa no había nadie, su madre ya no estaba, solo estaban ella y Alma. La joven criada se agachó, y le asestó una ultima puñalada en su cuello.

Alma bajó los cuerpos de sus hermanastras hasta el sótano, su habitación, dejando un camino de sangre. Entonces observó sus cuerpos. Tiempo después empezó a despellejar a sus hermanastras, y usando sus pieles, se hizo un hermoso vestido. Una vez terminó de coser el vestido hecho con las pieles de sus hermanastras, se lo puso y salió de la casa. Empezó a caminar sola, por el oscuro bosque, hasta que llegó al castillo real. Estaban todos disfrutando del gran baile, cuando, de repente, apareció Alma en el salón real, con hermoso vestido Rojo, y un reguero de sangre.

Todos los allí presentes quedaron petrificados, no veían a una joven, pareciese que estuviesen viendo un horrible monstruo. El rey dio la orden de que capturasen a la joven.

─ ¿Qué ocurre? ¿Po qué me hacéis esto? ─preguntó Alma.

El príncipe, se acercó a Alma y la miró a los ojos, los vio cubiertos de unas amargas lágrimas.

─Por favor alteza, díganles que me suelten.

─No puedo hacer eso ─dijo el príncipe.

─Ellas se los buscaron, mi madrastra… Mis hermanastras, o eran ella o yo, y me elegí a mí.

Odys, se acercó a la joven, entonces fue cuando se percató de que el vestido de Alma estaba hecho con las pieles de sus hijas.

─Mis hijas… ¡No! ¡¿Qué hiciste?! ─Exclamó agonizante.

─Señora, usted siempre dice que sus hijas son las mas hermosas del reino. Solo quería lucir su belleza.

─Mis hijas… ¿Muertas? No, No, no… ─Odys no encontraba palabras para expresar lo que estaba viendo.

─Mi alteza, llévense a este monstruo, por favor.

─Querida madrastra, solo espéreme, para usted tengo algo muy especial.

La guardia real se llevó a Alma hasta la mazmorra del castillo y allí la encerraron. Odys dejó el castillo, y caminó hasta su casa. Entró llamando a sus hijas con la esperanza de que la respondieran, aunque sabía que lo único que iba a escuchar era el tenebroso silencio.

Pasaron varias semanas y el príncipe, a escondidas visitaba Alma, cuando la vio llorar, sintió lastima por ella, y esa lastima se había convertido en amor, un sentimiento que Alma aprovecharía para terminar con su venganza.